Conociendo a MurakamiGirl, Reflexiones

Ya no sueño con ser Bella

Oye, Maca, ¿pero a ti no te gustaba Marilyn Manson y todo lo “daltónico”? (Otro día os cuento esa historia). ¿Cómo vienes tan “princesita” hoy?

Muy sencillo, malditos: estoy moñas, -¡qué novedad!- y ando experimentando cambios a la hora de mostrarme de puertas hacia adentro, pues pensaba que debía hacerlo con el resto del mundo, pero no era consciente de que debía empezar siendo honesta conmigo misma. Nunca somos lo que parecemos.

Quienes me seguís en Instagram regularmente sabéis que tengo una fuerte dualidad entre lo “satánico” y lo “fresita”, albergando en esta última cara mucha “moñería” junta, ja, ja, ja. Esto es así desde los años 90, cuando vestía de rosa casi a diario, pero lo combinaba – sin ser consciente del todo- con la “oscuridad” al ir jugando a ser Lily Munster por medio de casa. Automáticamente, me visualizaba con su vestido de color moradito al ponerme pañuelos de tela enrollados en algún anillo (sí, creo que el baile del pañuelo lo inventé yo en lugar de Leonardo Dantés) y al mover las manos como un ventilador desbocado para simular lo vaporosa que me parecía su ropa.

En fin, el hecho de traer La Bella y la Bestia a esta entrada hoy se debe a que – por fin- soy capaz de reconocer, sin vergüenza alguna, que es el libro al que más cariño le tengo de toda mi estantería, pues guarda una gran carga emocional en mí.

Veréis: allá por los 90 -como os decía antes- las carreteras desde mi pueblo hasta la ciudad eran un coñazo porque transportarse hasta allí se hacía tan pesado como ir desde Almería a Madrid en tren actualmente (por eso continúo investigando la fórmula para crear mi Stargate y llegar en un tris a todas partes).

Total, era un tostón terrible cada vez que había que ir al hospital o a hacer alguna compra de productos que normalmente no encontrabas en el pueblo y, por ello, era capaz de apreciar y valorar el esfuerzo que hacían mis padres cuando -sin haber pedido yo nada-, me traían algún regalillo. Os parecerá exagerado, pero experimentaba un gusanillo tal en la tripa que se podría comparar con que os regalaran un Bugatti en la actualidad.

El tema es que, durante aquella etapa, recuerdo que mi madre me intentaba sacar sugerencias sobre lo que podría traerme y mis respuestas iban, prudentemente, desde un Phoskito (como algo super guay para saciar mi monazo de dulces) hasta lo más preciado: libros. ¡Joder, es que me flipaban! Juraíco. Y si leía comiendo un pastelillo de esos ya… el éxtasis de Santa Teresa no tiene parangón.

Pero bueno, no vengo a hablar de Phoskitos, sino de que La Bella y la Bestia, en este caso, guarda para mí un significado especial porque mi madre me lo regaló en mi noveno cumpleaños (1992, no os quiero dejar con la intriga) y lo devoré en cuanto lo tuve en las manos. Y lo más curioso de este cuento es que lo recuerdo como la primera lectura en la que me sentí muy identificada con la forma de ser de Bella (por supuesto el aspecto físico estaba en un universo paralelo, puesto que entonces mi boca estaba mellada casi por completo, llevaba gafas de culo de vaso y estaba más flaca que un sarmiento).

Me quería parecer a ella por llegar a tener pretendientes guaperas… Nah, en realidad mi mini yo era lo suficientemente pedante entonces, así que me flipaba yo solita porque sentía el mismo amor que ese personaje hacia los libros y me ponía toda agonías con el deseo de ser tan inteligente como ella, de tener sus ganas de aventura, su paciencia, su humildad…Bella era eterna buscadora de amor, a la que le importaba bien poco la fachada, y que apostaba por lo que somos en esencia, (lo cual me resultaba fascinante, misterioso y un tanto difícil de conseguir al mismo tiempo).

La cuestión es que lo que desconocía hasta hace poco era que, desde adolescente, fui camuflando mi gusto por este cuento y me fui imponiendo no mostrarme tan moñas, cuando en realidad no hay nada de malo en serlo. Y me he dado cuenta de que me sigue fascinando esta historia porque realmente comparto cierto paralelismo con Bella. He tenido los mismos valores desde pequeña y, habiéndolos desarrollado de manera más o menos acertada a lo largo de mis treinta y seis años, finalmente he conseguido apreciar de un tiempo a esta parte su misma belleza (tanto interna como externa) en mí.

Me está costando mucho desprenderme de la baja autoestima, pero todo este proceso merece muchísimo la pena. Y así es como os puedo afirmar que, a día de hoy, no sueño con ser Bella, sino que ya lo soy.

P.S.: Por suerte o por desgracia, cuando entré en fase adolescente, fui “mejorando” al sugerir mis gustos a mi madre. Lo único que me hacía feliz entonces eran los sujetadores con aros, las bragas faja y los cassettes originales de Take That (¡sí! Todos tenemos un pasado; no me digáis que no…).

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